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No hay forma de
expresar con mayor claridad la organización de nuestro viaje emocional a
través de la vida que a través de la música. La música
trasciende a la edad, la raza y la civilización. Incluso la consideración más superficial que
cuestiona la relación entre la música y la comunidad nos hace conscientes de
que la música constituye una parte esencial de los rituales de la comunidad,
tanto los religiosos como los laicos. Las bodas, los duelos, las marchas, los
rezos, las graduaciones, celebraciones, deportes y protestas van acompañados
de música. No puede existir una sociedad que no sienta
la necesidad de mantener y reafirmar con regularidad los sentimientos e ideas
colectivos que definen su unidad y su personalidad. A través de encuentros colectivos,
experimentamos, aunque sea brevemente, la sensación de pertenecer al conjunto,
a una identidad común. El acceso público a la música proporciona
un medio conceptual, emocional y físico de comunicar recuerdos y significados
comunes. La música es un registro de nuestra propia
civilización o comunidad y proporciona una forma de conocer culturas
distintas a la nuestra. La música comunica la comprensión entre las
personas, reforzando los grupos o subgrupos culturales incluso a través del
espacio. Si el sentimiento
de pertenencia es una de las bases más importantes del ser humano, la pertenencia
a través de la música a un grupo multicultural, multi-edad durante dos
semanas seguidas es un camino especial, gratificante y enriquecedor. Desde esta
perspectiva de ampliación y no exclusión, decidí crear este curso en 1997, en
el que las lenguas fluyen de forma libre y abundante alrededor de la música. Arlette Herrenschmidt-Moller
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